viernes, 13 de abril de 2012

Cinco rosas rojas


He terminado la semana en Salamanca, enseñando al equipo directivo de un grupo familiar leonés a mejorar sus competencias de gestionar equipos y comunicarse con otros. Lo hemos pasado en grande, y para mitad de mañana he emprendido el regreso a casa.

Desde la ciudad universitaria he conducido hasta el Landa, en Burgos, donde suelo parar a comer sus famosos huevos con morcilla. En esa mesa alargada de mármol que hay en el bar, a mi lado se ha sentado un matrimonio de antiguos alumnos que me conocieron en una clase que di en el IESE hace años.

Me han contado que llevaban casi cinco años casados y la conversación ha ido derivando hacia la auténtica epidemia de separaciones matrimoniales que amenaza seriamente el futuro de nuestra sociedad. Muchas veces esas rupturas vienen provocadas por la mala comunicación entre los conyuges.

En un curso de comunicación para matrimonios, el ponente pidió a los maridos asistentes que para la semana siguiente escribieran en un papel la lista de los cinco defectos que pensaban que su esposa debía corregir con más urgencia.

Una semana después aquella docena de matrimonios se volvieron a encontrar. Una a una las esposas fueron leyendo las listas de defectos que habían redactado sus maridos. Cuando le tocó el turno a la última les contó que una tarde al volver a casa se encontró un ramo de cinco rosas rojas con una tarjeta que decía: "No se me ocurre nada que puedas mejorar. Te quiero como eres".

A los demás maridos se les heló la sonrisa de lo mal que les había hecho quedar con sus esposas aquella actitud positiva. Pero la lección había quedado clara para todos, especialmente para la mujer que había recibido las rosas: aunque sí tenía defectos, había recibido el empujón que necesitaba para luchar cada día para superarlos.

1 comentario:

Jose Luis dijo...

Hola, Carlos

He leído con agrado tu artículo y la anécdota que relatas, pero quisiera añadirle una pequeña reflexión.

Sin ánimo de debatir, la moraleja que extraigo no es la misma que tú, ya que el marido de las rosas rojas evitó comunicarse con su esposa, que es de lo que se trataba el ejercicio, quedando muy bien (en ese momento).

La mayoría de maridos con los que me relaciono tendemos a evitar comunicarnos en profundidad. Nuestra idea de "una buena relación" es equivalente a "una relación donde no se discute", y por tanto intentamos que en casa haya un clima de tolerancia y paz, aunque para eso tengamos que evitar la comunicación a toda costa.

Gran error, porque la mayoría de las esposas que conozco buscan el concepto contrario: hay que hablar las cosas en profundidad, aunque para eso haya que "discutir", para poder alcanzar una relación auténtica de cercanía y complicidad.

Para mí, los otros esposos de tu relato fueron comprometidos y renunciaron a su forma habitual de comportarse, mojándose (confiando en tu criterio) para intentar conseguir una mejor relación con sus parejas.

Desde mi punto de vista, un aplauso para ellos. La esposa de las rosas no tiene que verse simplemente aceptada, sino que tiene que verse aceptada en su totalidad (incluso con sus defectos.

Gracias por el artículo. Un abrazo.