viernes, 30 de marzo de 2012

Junto a las espinas, siempre hay rosas


Esta semana he impartido cuatro sesiones en distintos sitios de España. Una de ellas fue en la Feria Feracco organizada en Paiporta (Valencia). En el coloquio que se generó tras la sesión hablamos de la necesidad de entender a los demás tal y como son. Con sus cosas buenas y también con sus defectos. Pero sobre todo hablamos de la importancia de tener un guía, un maestro, un coach que nos ayude a conocernos a nosotros mismos para tratar de potenciar nuestros puntos fuertes y corregir, sin descanso y sin desesperarnos, aquellas áreas de mejora que necesitemos.

En un colegio, una profesora repartió a las alumnas unas semillas de rosal. Cada una de las niñas la colocó en una maceta que a su vez llenaron de tierra abonada. Y se la llevaron muy contentas a casa para observar su proceso de crecimiento. A los pocos días en la superficie de la maceta de una de las niñas apareció un pequeño brote que empezó a crecer y crecer. Pronto, en aquel tallo que crecía, salió un pequeño bulto que terminó convirtiéndose en una espina.

- ¿Cómo es posible que una flor tan bella venga rodeada de espinas tan afiladas? - Pensó la niña.

Entristecida por este pensamiento se negó a regar la rosa que estaba a punto de abrir y aquella rosa murió antes de nacer.

A las personas nos ocurre algo parecido. En nuestro interior hay una flor hermosa, pero también algunas espinas. Y hay momentos en la vida en los que nos miramos y sólo vemos estas, los defectos. Y nos desesperamos. Y pensamos que nada bueno puede salir de nosotros. Y nos negamos a regar, a cultivar nuestro interior, arriesgándonos a que la flor acabe muriendo.

Por eso es bueno que alguien que nos conozca bien nos enseñe, pasando por encima de nuestras espinas, la rosa que hay en nuestro interior. Entonces, con su ayuda seremos capaces de superar nuestras propias espinas y ver abrirse nuestra rosa más bella.