viernes, 29 de abril de 2011

La mala madre


Semana más corta de lo normal con sesiones en Canarias y en Elizondo (Navarra). He podido disfrutar de un par de días de descanso con Alicia en la paradisiaca isla de Fuerteventura antes de participar en el IV Congreso de Turismo de la Isla. Y antes de partir hacia Sudamérica este próximo lunes para dar sesiones por allí las próximas dos semanas.

Pero pasado mañana es primer domingo de Mayo, y se celebra el día de la madre. Hace años leí este texto:

"Yo tuve la peor mamá del mundo. Mientras otros niños podían irse al colegio sin desayunar, yo tenía que tomarme el zumo, los cereales y las tostadas. Cuando los demás niños tomaban refrescos y dulces para el almuerzo, yo tenía que conformarme con comer bocadillos y zanahorias.

Mi madre insistía en saber todo lo que hacíamos, donde estábamos, con quien salíamos y quienes eran nuestros amigos. Parecía que estábamos encarcelados. Insistía en que si decíamos que íbamos a tardar una hora, que realmente tardáramos una hora y no dos.

Me da vergüenza admitirlo, pero hasta rompió la "Ley contra el trabajo de los niños menores", e hizo que fregáramos los cacharros, hiciéramos nuestras camas, nos aplicáramos con nuestras tareas de la escuela y muchas cosas más; hasta creo que se quedaba despierta por la noche pensando en las cosas que podría obligarnos a hacer, tan sólo por molestarnos: Que si lávate los dientes, peínate bien, vete a la cama que ya es hora, respeta a los mayores, obedece... Siempre insistía en que dijéramos la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad.

Así, entre tanta crueldad, transcurrió mi infancia. Cuando llegamos a la adolescencia y fue más sabia, nuestras vidas se hicieron aún más miserables. Nadie podía tocar el claxon para que saliéramos corriendo, nos avergonzaba hasta el extremo de obligar a nuestros amigos a llegar hasta la puerta de la casa para preguntar por nosotros.

Pasaron los años y resulta que todos sus hijos somos felices. Hemos sabido superar las dificultades de la vida y desarrollar magníficas relaciones tanto en la familia como en la Iglesia y en nuestros trabajos. ¿A quién debemos culpar de nuestra situación actual?

Nuestra "mala madre" en realidad es la mejor del mundo. Porque ahora nosotros tratamos de educar a nuestros hijos como hizo nuestra madre. Me llena de orgullo cuando mis pequeños me dicen que soy "mala", y sonrío recordando mis propios arrebatos de cólera y le doy gracias a Dios por haberme dado la "mamá más mala del mundo".


Si nuestras madres fueron así de malas, ¿no crees que deberíamos expresarle más a menudo nuestro más profundo agradecimiento?

viernes, 15 de abril de 2011

La ciudad de los pozos


De lado a lado otra vez esta semana que ya huele a incienso. Empecé la semana en el Colegio Mayor Larraona, de Pamplona, y la terminaré en el Colegio Mayor La Asunción, de Valencia. Entre medio, enriquecedora la sesión que di para clientes de Cardwell RH en el Edificio Expo de la Cartuja de Sevilla. Desde allí a Castellón a participar en la Feria de Empleo Future y por la tarde en Valencia a imponer las becas a las colegialas de La Asunción.

Justo antes de esta sesión tuve el placer de disfrutar de un café con Juan Aurelio Aragonés. Juan es uno de los productores de la clóchina de Valencia, y disfruta enormemente de su trabajo y de su proyecto vital. Me contó una historia, un pelín larga, pero como el viernes que viene no escribiré (es Viernes Santo) me vais a permitir que me extienda un poco más de lo normal, porque creo merece la pena.

Existió una vez una ciudad que en vez de estar habitada por personas estaba habitada por pozos. Pozos vivientes, pero pozos al fin al cabo. Los pozos se diferenciaban entre sí por el lugar en el que estaban excavados y por su brocal (abertura) por el que además se comunicaban. Había pozos pudientes y ostentosos con brocales de mármol y de metales preciosos, pozos humildes de ladrillo y madera y algunos otros más pobres, como simples agujeros que se abrían en la tierra.

Un día llego a la ciudad una moda que señalaba que todo ser viviente que se precie, debería cuidar mucho más lo interior que lo exterior. Lo importante dejaba de ser lo superficial y se centraba en el contenido. Así los pozos empezaron a llenarse de cosas. Algunos se llenaron de joyas, monedas de oro y piedras preciosas. Otros se llenaron de electrodomésticos y aparatos mecánicos. Algunos optaron por la cultura y fueron llenándose de pinturas, pianos de cola, libros y revistas.

Paso el tiempo y los pozos se llenaron por completo. Pero no se conformaron con ello así que empezaron a pensar la manera de seguir metiendo cosas en su interior. Uno fue el primero: decidió aumentar su capacidad ensanchándose. Y muchos otros pozos siguieron su ejemplo. Pero un pozo pequeño y alejado del centro de la ciudad pensó que si sus compañeros seguían ensanchándose pronto se confundirían sus bordes y cada uno perdería su identidad.

Así que se le ocurrió que en vez de aumentar su capacidad creciendo en anchura podría hacerlo en profundidad. Pero se dio cuenta que todo lo que tenía dentro le imposibilitaba la tarea de profundizar. Si quería ser más profundo tenía que vaciar todo su contenido. Y eso hizo. Mientras los otros pozos engullían las cosas que él sacaba de su interior cada vez se iba haciendo más y más profundo, hasta que allí abajo, en la inmensa profundidad encontró agua.

Nunca antes otro pozo había encontrado agua. Así que sorprendido empezó a jugar con ella, humedeciendo las paredes, salpicando los bordes y por ultimo sacando agua hacia fuera. La ciudad nunca había sido regada mas que por la escasa lluvia de la zona, así que la tierra alrededor del pozo, empezó a despertar y brotaron tréboles, flores, y pequeños troncos que después se convertirían en árboles. Un auténtico vergel que ofrecía una reparadora sombra alrededor del pozo.

Sus compañeros le preguntaban cómo había conseguido el milagro y él siempre respondía: "Esto no es un milagro, es que simplemente he buscado en mi interior, en lo profundo". Muchos intentaron emularle pero abandonaron la idea en cuanto se dieron cuenta que para ir más a lo profundo debían vaciarse. Y continuaron llenándose de más y más cosas.

Sólo otro pozo se atrevió a vaciarse y empezó a profundizar en su interior. Y llego hasta el agua, y salpicó hacia afuera, y creo un segundo oasis verde en la ciudad. Los otros pozos les decían: "¿Y qué haréis cuando se termine el agua?". Y ellos contestaban: "No se lo que pasará, pero por ahora, cuanta más agua saco, más agua hay".

Un día, casi por casualidad los dos pozos, muy distantes entre sí, se dieron cuenta que el agua que habían encontrado, en el fondo de si mismos, era la misma. El mismo río subterráneo que pasaba por uno inundaba al otro. Se dieron cuenta que se abría para ellos la posibilidad de comunicarse de manera profunda. Esa comunicación que sólo consiguen entre sí aquellos que tienen el coraje de vaciarse de contenidos y buscar en lo profundo de su ser lo que tienen para dar.

Ojala que estas próximas fechas de Semana Santa y Pascua que invitan al recogimiento nos ayuden a todos a vaciar todo lo que nos sobra para poder empezar a vivir en esa nueva realidad que lleva a dar.

viernes, 8 de abril de 2011

La casa de los mil espejos


Otra semana que no ha terminado. Mañana en Alicante me encontraré con una treintena de "Marinas" que se gradúan en bachillerato y a las que daré la "lección magistral" e impondré la beca de su colegio. Pero de todas las sesiones de la semana me quedo con la que tuve la oportunidad de impartir en Civican-Caja Navarra de la mano de Iñigo Alli. Iñigo es una de esas personas que si no existieran, habría que inventarlas. Estar a su lado es una descarga de energía positiva absoluta. Un ejemplo para todos. A su lado, el mundo se ve de otra manera.

Cuentan que en un lejano pueblo había una casa abandonada. Un día, un cachorro, buscando refugio del agobiante sol consiguió meterse por un agujero en el portón de la finca. Subió lentamente las escaleras y se adentró con cautela en el único cuarto que encontró con la puerta entreabierta.

Con gran sorpresa se dio cuenta que dentro de la habitación había mil perritos más como él observándolo fijamente. Tanto como él a ellos. Y descubrió asombrado que todos los cachorros comenzaron a mover la cola, en el momento exacto en que él manifestó alegría.

Ladró alegremente a uno de ellos y el conjunto de canes le respondió de manera idéntica. Todos sonreían y latían como él. Pasó allí un rato y cuando decidió volver pensó lo agradable que había resultado conocer ese lugar. "Volveré con frecuencia por aquí" se dijo.

Al día siguiente otro perro callejero se coló en la misma estancia, por el mismo hueco del viejo portón. Pero este, al ver a todos sus colegas en aquel cuarto, se sintió amenazado, ya que lo miraban con agresiva desconfianza. Empezó a gruñir y vio, maravillado, cómo los otros mil perritos hacían lo mismo que él. Siguió con ladridos, y los otros hicieron exactamente lo mismo. Al salir del cuarto y descender por la escalera pensó: "Qué lugar tan horrible. Jamás volveré por aquí".

Ninguno de los dos perros habían reparado en el letrero instalado junto a la puerta de la misteriosa mansión: "La casa de los mil espejos".

Nosotros miramos el mundo a través de espejos. Según como miramos obtenemos la realidad. La cosas más bellas de la vida no se ven. Se captan con el corazón. La vida, al igual que el eco, o el espejo, nos devuelve lo que hacemos.

Así que ya sabes, consigue un espejo y sonríele al personaje que aparece. Verás como la realidad a tu alrededor, como alrededor de Iñigo, empieza a cambiar.

viernes, 1 de abril de 2011

Gestión de Incompetentes


Gestión de Incompetentes. Gabriel Ginebra
Ed. Libros de Cabecera

Gabriel Ginebra es licenciado en Filosofía y Doctor en Organización de empresas y esa peculiar mezcla permea por todas y cada una de las páginas del libro. Junto a certeras y agudas reflexiones sobre el management se presentan interesantes reflexiones filosóficas y del campo del conocimiento en general. Para conseguir esto el autor bebe simultáneamente del pensamiento de Juan Antonio Pérez López y de las fuentes del humanismo aristotélico-tomista.

El libro recorre los distintos modelos de incompetencia (el despistado, el hiperactivo, el teórico, el torpe, el caradura, el deprimido, el axfisiado...) y nos ofrece mecanismos de cura y mejora, con pequeños ejemplos o con minitest para nuestra propia reflexión.

Ahonda con profundidad en algunas competencias que los directivos actuales deberían de ejercitar y a las que muchas veces no se les da suficiente importancia (la gratitud, la educación, el trato...). Valores, virtudes y hábitos que se han visto eclipsados por la preponderante importancia dada a las habilidades más técnicas y matemáticas. Los directivos prefieren aprender números que gestión de personas. Porque los primeros son sencillos y las segundas son excesivamente complejas.

Pero en el frontispicio del libro deja clara la idea básica a tener presente: Hay una condición necesaria para poder dirigir la incompetencia ajena, y es empezar por reconocer la incompetencia propia. Nos daremos cuenta que nosotros mismos somos los incompetentes principales y que nuestra primera misión será pasar de ser inconscientes de nuestra incompetencia a conscientes de ella.