viernes, 26 de noviembre de 2010

El ruido de tu carreta


Sin duda alguna esta está siendo la semana más dura del año. Cuatro sesiones en Galicia, una en Valladolid, otra en El Escorial, otra en Madrid y dos en Palma de Mallorca. Un puñado de aviones, otro de kilómetros, un millar largo de asistentes, una decena de entrevistas para la prensa y varios centenares de emails de alumnos pidiendo información y agradeciendo el buen rato que pasamos juntos.

Pese a dormir poco, comer mal y estar fuera de casa, todas esas atenciones, felicitaciones y alabanzas pueden hacernos caer en un orgullo desmedido y llevarnos a olvidar la importancia de seguir siendo humildes.

Sigo preparando el viaje para hacer andando los últimos 120 kilómetros del Camino de Santiago con mi hijo Alvaro entre el 25 y el 31 de Diciembre. Y estos días en Galicia he aprovechado algún rato libre para adentrarme en el Camino. Allí, recordé esta historia:

Caminaban juntos un padre y un hijo por un sendero cuando el primero se detuvo en una curva y guardó silencio.

- Hijo, además del murmullo de los árboles y el trinar de los pájaros, ¿escuchas alguna cosa más?

El hijo agudizó sus oídos y se concentró en los ruidos del bosque. "Estoy escuchando el sonido de una carreta que viene", le dijo.

- Así es, hijo. Es el sonido de una carreta vacía.

El hijo le contestó: "Pero padre, ¿cómo sabes que es una carreta vacía, si todavía no podemos verla?".

- Es muy fácil saber cuándo una carreta está llena o vacía atendiendo al ruido que esta hace sobre el camino. Cuanto más vacía va, mayor ruido hace.

Lo mismo ocurre con las personas. Cuando vemos a una persona haciendo mucho ruido (hablando demasiado, interrumpiendo la conversación de otros, siendo inoportuno o violento, presumiendo de sus bienes o cualidades, sintiéndose prepotente y despreciando a la gente) es que esa persona está vacía.

La humildad consiste en caminar en silencio, callando nuestras virtudes y permitiendo a los demás descubrirlas. Nadie está mas vacío que aquel que está lleno de sí mismo.

viernes, 19 de noviembre de 2010

Como granos de café


Una curiosa semana en la que no he cogido ni un solo avión aunque me he hecho una importante kilometrada por tierras levantinas. En el corazón, grabada la multitudinaria sesión en San Antonio de Benagéber con mi amigo Luis Munar. Casi más gente de pie que sentada. ¡Impresionante recibimiento y acogida!. Tras la conferencia, una enriquecedora cena en la que hablamos de la importancia del sacrificio y del esfuerzo, mientras degustábamos una excelente carne bañada en una no menos excelente salsa cocida a fuego lento.

A la cocina de un selecto restaurante de París acudió una joven profesional a ver a su padre, jefe de cocina del establecimiento. Quería contarle lo difícil que le estaba resultando seguir adelante con su nuevo proyecto profesional. Estaba cansada de luchar y quería darse por vencida. Tenía esa sensación de que cuando solucionaba un problema, aparecía otro.

Mientras ella se lamentaba, su padre llenó tres ollas con agua y las colocó sobre el fuego. Pronto el agua de las tres ollas comenzó a hervir. En una colocó varias zanahorias, en otra colocó unos huevos y en la última un puñado de granos de café. Y las dejó hervir mientras escuchaba las apenadas quejas de su hija.

A los veinte minutos el padre apagó el fuego. Sacó las zanahorias y las colocó en un plato. Lo mismo hizo con los huevos, y finalmente coló el café sirviéndolo en un tazón. Mirando a su hija le dijo:

- Hija, ¿qué ves?

- Zanahorias, huevos y café

Le hizo acercarse y le pidió que tocara las zanahorias, y notó que estaban blandas. Luego le pidió que tomara un huevo y lo rompiera y observó el huevo duro, y por último le pidió que probara el café, que disfrutó sorbo a sorbo.

- ¿Qué significa esto, padre?

Los tres elementos se habían enfrentado a la misma dificultad: el agua hirviendo. Pero los tres habían reaccionado de forma diferente. Las zanahorias llegaron al agua duras, fuertes, pero el agua hirviendo las había transformado en algo blando, débil, fácil de deshacer. El huevo había llegado al agua frágil, blando, casi líquido, pero después de hervir, su interior se había endurecido. Sin embargo los granos de café después de estar en el agua hirviendo habían cambiado el agua.

Cuando la adversidad llama a tu puerta, ¿cómo respondes?. ¿Como una zanahoria que parece fuerte pero que pronto se vuelve débil y pierdes tu fortaleza? ¿Como un huevo que empieza con un espíritu blando y fluido pero que después de una desgracia se vuelve duro y rígido?

¿O eres como un grano de café, que cuando las cosas se ponen peor tú reaccionas con lo mejor que tienes, haciendo que las cosas a tu alrededor mejoren?.

viernes, 12 de noviembre de 2010

Ningún poeta perplejo


He pasado buenísimos ratos sobre el escenario esta semana en Madrid, Sevilla, Logroño y Pamplona. Lo he pasado muy bien en el aula, sin duda, pero también en las comidas y cenas posteriores a las sesiones. Fantásticas conversaciones sobre la carrera profesional, el devenir de la vida, la educación de los hijos, y las infinitas posibilidades que tenemos los seres humanos, aunque nos empeñamos en no darnos cuenta.

Porque el hombre es un ser verdaderamente original, peculiar. Nacemos casi sin terminar de hacer, y ha de transcurrir un tiempo para poder valernos por nosotros mismos. En esto hasta los animales nos ganan, que en mucho menos tiempo que los humanos son capaces de defenderse y de vivir independientemente. Sin embargo, tres elementos nos dan la diferencia esencial que nos permite dominar la naturaleza: la libertad (frente a la acción institiva de los animales), la autoconciencia (somos los únicos capaces de decir “yo”) y la cultura (entendida como capacidad de proyectar hacia el futuro lo pensado y lo vivido).

Volando desde Sevilla hasta Madrid el miércoles por la mañana pude observar desde la ventanilla del avión las primeras cumbres nevadas del otoño. Y me acordé de la aventura que cuenta Saint-Exupéry en "Tierra de hombres" acerca del piloto Henri Guillaumet. En 1927, Guillaumet fue seleccionado para trabajar en el servicio aéreo postal que unía Mendoza con Santiago de Chile. En junio de 1930, después de más de 400 vuelos sobre la cordillera andina, fue sorprendido por una tormenta de nieve que le obligó a realizar un aterrizaje forzoso cerca de las congeladas aguas de la Laguna del Diamante (a unos 6000 metros de altura). Caminó y caminó durante una semana, extenuado y sin alimentos ni ropa de abrigo, subiendo y bajando por aquellos montes de hielo, hasta que —casi más muerto que vivo— lo encontró un niño de 14 años que cuidaba un rebaño y lo puso a salvo.

Al recordar tiempo después esa experiencia, reconoce: “Entre la nieve se pierde todo instinto de conservación. Después de dos, de tres días de marcha, lo único que se desea es dormir. También yo lo deseaba. Pero me decía: mi mujer Noëlle cree que estoy vivo, que camino. Mis amigos piensan igualmente que sigo andando. Todos ellos confían en mí. Seré un canalla si no lo hago”. Y añade: “Lo que yo hice, estoy seguro, ninguna bestia sería capaz de hacerlo”.

Este tipo de ejemplos nos demuestran hasta donde puede llegar el hombre cuando nos proponemos objetivos elevados, importantes. Sin embargo, ¿cuantos de nosotros nos conformamos con horizontes ramplones y simples, cuando no con horizontes dañinos y dolorosos?. Guillaumet, volando a Siria en su avión Le Verrier fue abatido por un caza italiano sobre el Mediterráneo en Noviembre de 1940.

Y es que dice, con toda la razón, el poeta norteamericano Ezra Pound:

"Cuando observo con cuidado los curiosos hábitos de los perros
me veo obligado a concluir que el hombre es un animal superior.
Pero cuando observo los curiosos hábitos del hombre,
le confieso, amigo mío, que me quedo perplejo".

Ojala pronto no haya más poetas perplejos.

viernes, 5 de noviembre de 2010

Martes con mi viejo profesor


Martes con mi viejo profesor. Mitch Albom
Edit. Maeva.

"A veces, por la mañana, es cuando más me lamento. Me palpo el cuerpo, muevo los dedos y las manos, en la medida en que todavía puedo moverlos, y lamento lo que he perdido. Lamento el modo lento e insidioso en que me estoy muriendo. Pero, a continuación, dejo de lamentarme. Me permito un buen llanto si lo necesito, pero después me concentro en todas las cosas buenas que me quedan en la vida. En las personas que vienen a verme, en las anécdotas que voy a oír, en tí si es martes,... Esa es toda la autocompasión que me concedo. Una poca por las mañanas, algunas lágrimas, y eso es todo. Es horrible ver que mi cuerpo se va consumiendo lentamente hasta quedarse en nada. Pero también es maravilloso, por todo el tiempo de que dispongo para despedirme. No todos tienen tanta suerte."

Mitch es un periodista obsesionado con su trabajo, con problemas familiares (no se habla con su hermano que tiene cáncer de páncreas) y cuyo principal objetivo es ganar mucho dinero y aparentar una juventud de la que carece. Un viernes por la noche, haciendo zapping se encuentra con la entrevista a su antiguo profesor de la universidad, Morrie Schartz, del que había perdido la pista pese a haberle asegurado que seguirían en contacto. Se entera a través de la televisión que Morrie padece Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), una enfermedad mortal que acabará con su vida en algo menos de dos años.

Es entonces cuando Mitch decide ponerse en contacto con él y visitarle cada martes en su casa. Las conversaciones de esos encuentros se van recogiendo en el libro. Junto con recuerdos de la universidad (su primera clase, su primera comida, su primer amor...) Morrie va haciendo que Mitch piense en los temas que realmente importan en la vida. Los que desde la delicada posición de Morrie, a meses de dejar este mundo, cobran sentido auténtico, importante e imprescindible: la muerte, la vejez, la familia, la comunidad, el matrimonio, etc.

Gracias a la presentación sencilla amena y práctica del viejo profesor, Mitch va cambiando su forma de pensar y de afrontar la vida.

Todo un canto a la alegría, a la vida y a la necesidad de disfrutar de todos y cada uno de los pequeños momentos de felicidad que se cruzan en nuestro camino.