viernes, 11 de diciembre de 2009

Vuelvo a Granada



Semana de tres días pero no por ello menos intensa. Una sesión en Zaragoza, dos en Madrid, otra fantástica en Sevilla para la gente de la Radio Televisión de Andalucía (RTVA) y dos en la Escuela Universitaria de Arquitectura de la Universidad de Granada. El cansancio empieza a hacer mella y acabo vacío del todo en cada una de las sesiones. Para colmo, una de esas cosas que suele hacer Iberia con sus pasajeros frecuentes más fieles, me obligará mañana sábado a volver a casa en coche desde Granada. Por si la semana no hubiera sido animada, 870 km dándole a la rosca. Al menos, iré cantando como Miguel Ríos "Vuelvo a (de) Granada".

Esperando en la Sala Club de Atocha al AVE que me llevó a Sevilla el jueves por la noche, donde me encontré con Carmen Benítez y Gonzalo Pansard de Axión y con Ricardo Astorga, de Montero & Aramburu vi a una pareja joven compartir un paquete de galletas y recordé esta historia que alguien me contó alguna vez.

Una chica estaba aguardando su vuelo en la sala de espera de un aeropuerto. Como debía esperar un largo rato decidió comprar un libro y un paquete de galletas. De vuelta de la tienda se sentó en uno de aquellos bancos corridos y empezó a leer. Pasó un tiempo y un hombre se acercó hacia su banco. Se sentó a su lado. Entre medio quedaban las galletas, el bolso de la muchacha y los abrigos de ambos. El hombre abrió una revista y comenzó a leerla.

La chica casi sin mirar alargó la mano y tomó una galleta. Al momento el hombre también tomo otra. Ella se sintió indignada porque aquel hombre le quitara sus galletas sin pedirle permiso, pero no dijo nada. Pensó: "Qué sinvergüenza".

Cada vez que ella tomaba una galleta, el hombre tomaba otra. Esto le enfurecía tanto que no conseguía concentrarse en la lectura, pero tampoco reaccionar. Cuando sólo quedaba una galleta pensó: "¿Qué hará ahora este abusón?"... Y el hombre, dividió la galleta y le dio a ella una mitad, mientras él se comía la otra media.

Aquello a la muchacha le pareció demasiado. Empezó a bufar de rabia, le lanzó una mirada asesina, cerró su libro, cogió sus pertenencias y se dirigió a su puerta de embarque. Cuando se sentó en el avión, buscó en su bolso el móvil para apagarlo y para sorpresa suya… ahí estaba su paquete de galletas. Intacto.

Sintió una gran vergüenza al darse cuenta de su error. ¡Había olvidado que sus galletas estaban guardadas en su bolso! y el hombre había compartido las suyas sin sentirse indignado, nervioso, consternado ni alterado y ya no había tiempo ni posibilidades para explicarlo ni pedir disculpas.

¿Cuántas veces en nuestra vida deberíamos observar mejor?. ¿Cuántas cosas no son exactamente como pensamos acerca de las personas?. Alguien dijo que hay cuatro cosas en la vida que no se recuperan: "Una piedra después de haber sido lanzada; una palabra después de haber sido dicha; una oportunidad después de haberla perdido y el tiempo después de haber pasado".

7 comentarios:

Anónimo dijo...

Carlos, mi mas sincera enhorabuena por tu sesion del viernes en la EUAT de Granada; me ha encantado poder conocerte y no tengo palabras para describir lo que has despertado en mi con tus anecdotas y consejos.
Estoy desenado asistir mañana a tu segunda sesion, espero mucho de ti, as dejao muy alto el liston hoy.
Un saludo, Encarni Bolivar

Carlos Andreu dijo...

Gracias Encarni. Espero no defraudar en los ratos que nos quedan juntos. Un abrazo!

sanbernar dijo...

Muchas gracias por las sesiones de ayer y hoy en la EUAT de Granada. Todo esto que nos has contado me va a servir para hacer ciertos cambios en mi vida que tenía que haber hecho hace unos cuantos años.
Un abrazo y nos vemos en Enero.

Antonio Jiménez

Juan Pablo López Torrillas dijo...

Estimado Carlos, fantástica la historia de las galletas. Jesús, el Cristo, dejó dicho "ama al prójimo como a tí mismo". Historias como la de las galletas, experiencias personales, etc., me llevan a pensar que esta sociedad en la que vivimos tiene una carencia, entre otras muchas cosas, de amor al prójimo.

Un abrazo,

Juan Pablo

Carlos Andreu dijo...

Gracias Antonio por tu visita y comentario. Con que pongas en marcha uno sólo de los propósitos que hayas sacado me daré por satisfecho.
Nos vemos en Enero, que disfrutes de la Navidad y del fin de año!

Mónica Pérez de las Heras dijo...

Carlos, me ha encantado la historia de la chica de las galletas; me he visto completamente identificada porque me podría haber pasado a mi, que soy bastante despistada. Una vez más, enhorabuena por tu blog. Estoy deseando coincidir contigo en alguna charla y poder escucharte. Un saludo, Mónica

Anónimo dijo...

Cuanto mas nos globalizamos, mas nos separamos de nuestros vecinos.
De pequeño nos enseñaban a ayudar a las personas mayores a cruzar la calle, a ceder el interior de la acera para que pasasen... en definitiva, a ser personas y estar cerca de los demas.
No quise vivir en una gran ciudad porque no me gustaba la soledad multitudinaria, pero parece que es como los hombres grises de MOMO que silenciosamente han invadido todo.
Todos los días estas rodeado de hombres grises y sin darte cuenta también te vas oscureciendo.
¡¡¡Vivan los COLORES¡¡
Ricardo