
Otra semana haciendo crecer la acción de Iberia y de AVIS. Dos días en Madrid con los chicos de Farmacias Trébol, una sesión en el IESE de Barcelona en un encuentro de Redes Sociales, con videoconferencia incluida con Javier Olivan, el director de Marketing de Facebook, una sesión matutina en Albacete con la gente de la Federación de Empresarios de Albacete (FEDA) y otra vespertina en Iberdrola en Bilbao, donde además me encontré con mi amigo Fernando Sanz, a quien no veía desde que dejamos el Colegio en el año 90.
En uno de los pasos que he hecho por el Prat esta semana me crucé fugazmente con Pedro Alvarez, visionario y genial fundador de chocolates Pancracio, a quien conocí en una sesión de la Asociación Andaluza de la Empresa Familiar con Mario Carranza y Marta Cambas. Y ese cruce, me iluminó para escribir hoy sobre el experimento de los 92 niños y las chocolatinas que cuento en mi sesión. Ultimamente muchos de mis alumnos me preguntan sobre el tema. Imagino que corren tiempos duros para la educación y eso la gente lo sufre, aunque los poderes públicos no lo vean.En la década de los sesenta, el profesor Walter Mischel, de la Universidad de Stanford, encerró a 92 niños de cuatro años en un aula. Les repartió una chocolatina a cada uno, y les dijo: "Ahora voy a salir del aula. Cuando vuelva, el que se haya comido la chocolatina, se la ha comido. El que no se la haya comido, le daré otra de premio". El profesor salió y se observó el comportamiento de los niños: hubo niños que se abalanzaron sobre la chocolatina, otros se fueron a jugar a la pizarra, otros se escondieron para no verla, otros se comieron la suya y la del de al lado... ¡Todo lo que puede pasar con niños!.
Cincuenta años después, el 80% de los niños que no se habían comido la chocolatina ocupan puestos de responsabilidad en sus empresas. Sólo el 10% de los que se la comieron los ocupan. La tasa de divorcios es cuatro veces superior entre los que se comieron la chocolatina que entre los que no se comieron la chocolatina.
Fíjate, por comerte o no una chocolatina, te han destrozado la vida... Es importante que averigues que paso con tu chocolatina. Llama a casa, y luego sigue leyendo. La chocolatina te cambio la vida.
Más allá de la broma, este experimento viene a presentar una lucha entre el deseo primario, y el autocontrol, entre la gratificación y su demora (que no renuncia). Tal vez no hay habilidad psicológica más decisiva que la capacidad de resistir el impulso. Ser capaz de hacer esto, incrementa nuestro autocontrol emocional. Toda emoción supone un deseo de actuar (comerse la chocolatina, gritar a tus subordinados, insultar al que se te cruza en la carretera...) y es evidente, que no siempre este deseo es oportuno.
Un niño de cuatro años ha recibido ya mucha educación y puede haber aprendido a ser obediente o desobediente, ordenado o desordenado... Pero más que alentar oscuros determinismos ya cerrados en la infancia, lo que destaca de la investigación es que las actitudes que desde edades más tempranas se inculcan en los niños, suelen florecer más adelante, en la adolescencia y en la vida adulta, dando lugar a un amplio abanico de capacidades emocionales.
Esa capacidad de resistir los impulsos, demorando o eludiendo una gratificación, para alcanzar así otras metas –ya sea conseguir otra chocolatina, aprobar un examen, levantar una empresa o mantener unos principios éticos–, constituye una parte esencial del gobierno de uno mismo. Y todo lo que en cualquier tarea de educación pueda hacerse por estimular esa capacidad será siempre de una gran trascendencia.
¿Está nuestro sistema educativo enfocado a desarrollar estas capacidades en los niños?. Me temo que hay colegios que sí, y colegios que no.



