
Lunes. Media mañana. Aterrizo en Barajas y me acerco a la oficina de
AVIS en la T4. Tengo un coche de alquiler para ir a Aranda de Duero. Como siempre, un grupo C (Opel Astra, Renault Megane, Seat León…). Dos empleados al otro lado del mostrador. Ningún cliente esperando. Me atiende la chica:
- Buenos días, tenía un coche reservado. Creo que era un Porche Cayanne o un Hummer o algo así.
- (risas) Buenos días, déjeme su Tarjeta Preferred
- Aquí la tiene. Quizá, con las lluvias, el Cayanne se ha encogido y se ha convertido en un Corsa pero…
- Creo que le puedo dar un Opel Astra ¿le parece?
El otro empleado es un chico al que conozco de vista –y creo que me conoce-. Se incorpora a la conversación de golpe:
- Señor Andreu, ¿a dónde va a ir con el coche? (caray!, ¿cómo sabe mi nombre?)
- A Aranda de Duero y volver.
- Hasta Aranda hay 150 km no?
- Sí más o menos. Yo creo que haré 400 kilómetros entre ir, volver y callejear.
- Entonces le voy a dar un regalo, si usted quiere, claro.
- Faltaría más!. Dígame.
- Tengo un Mercedes CLK200 descapotable que le puedo dejar siempre que no me cambie la oficina de devolución. Le cobraría como si fuera el Astra.
- Hombre!, pues muchísimas gracias
- Pues nada, aquí tiene su llave. Está aparcado en la plaza 590.
Miércoles. Me he levantado en Aranda. He trabajado allí hasta media mañana. He cogido el coche hasta Alcobendas y he tenido clase toda la tarde con los chicos y chicas del
Master de Dirección de Hoteles con Encanto de
Rusticae y la
Universidad Europea de Madrid. Lo he pasado en grande. Creo que ellos también.Al menos eso piensa Ruth, que ha escrito un mail a la dirección agradeciéndoles haberle dado la oportunidad de pasar una tarde conmigo. Y cuando lo pasas bien, y por tanto lo haces bien, te entregas a fondo. He salido de Alcobendas muy cansado. Hacia Atocha. AVE a Sevilla a las 21.00. Llego a Medianoche al
Hesperia Sevilla. Agotado.
Dos personas tras el mostrador. El hombre de seguridad y la recepcionista. Esta está discutiendo con alguien por teléfono sobre los turnos de trabajo. Yo espero. El de seguridad tampoco puede hacer mucho, pero al menos anota en una hoja que me despierten a las 6.15AM. A las 7 desayunaré con Carlos Muñoz, de
Baeza, S.A. con quienes tengo programada una formación para su dirección Comercial.
Sigo esperando en el mostrador. Preparo mi DNI, la tarjeta Hesperia One, la tarjeta de Crédito. La recepcionista sigue quejándose de que tiene tres sábados seguidos y que le gustaría tener alguno de fiesta. Yo sigo esperando. Pasan casi cinco minutos y se despide de su interlocutor. Se dirige a la zona donde estoy esperando, y directamente me dice:
- Tenía reserva ¿verdad?. A nombre ¿de?
- Carlos Andreu. Para unas horitas nada más.
Teclea algo en el ordenador, y recoge unas hojas de la impresora.
- Firme aquí, y aquí tiene su llave. La 337.
Ni saludo, ni disculpas ni nada. Subo a la habitación. Un pasillo larguísimo y tras él una estancia mínima. No llegará a 10 metros cuadrados. La cama, una mesa destartalada, un armario tapado por el minibar y por la televisión que además oculta los interruptores de la luz del baño. Ventanas que cierran mal, con el consiguiente fresco y ruido. La puerta del baño es de cristal, y la ventana del baño, que no se puede cerrar no tiene cortina, por lo que la luz de la fachada se cuela en la habitación como si hubiera allí mismo un reflector.
¿Para qué se gastará Hesperia dinero en un programa que se llama Hesperia One, si trata así a sus titulares?. No era la primera vez que me alojaba en ese hotel, ni por supuesto en la cadena. ¿Para que sirve entonces la base de datos? ¿Para tratar mal a un cliente “fiel”?.
Por más programas de fidelización que diseñemos, por más bases de datos que instalemos, por más protocolos y procedimientos que establezcamos, por más “ingeniería” que queramos meter en nuestras actividades comerciales y de atención al cliente, en el fondo todo se puede venir abajo por una cuestión humana. Por una cuestión de actitud.
El grupo Accor
publicaba esta semana el Barómetro de Clima Laboral, en el que indicaba que el 32% de los españoles está feliz en su trabajo (28% el año pasado). Basan esa felicidad en su “nivel de motivación”, de "implicación en la empresa" y de "desarrollo de una actividad que les gusta y para la que están preparados". El chico de Avis debía ser feliz, pero la chica de Hesperia era infeliz.
Ya lo decían los chinos: “
El que no sepa sonreir, que no abra una tienda”