viernes, 22 de mayo de 2015

Ozymandias

Este martes tuve la oportunidad de trabajar un rato con mi buen amigo Juan Pedro Sánchez. Participaremos juntos en este espectacular proyecto formativo en Perú: “Mi primer 5.000”. Una expedición mitad formativa, mitad aventurera que llevará a un equipo de directivos a coronar su primer 5.000. Teníamos que concretar algunas cosas y decidimos pasear por la Playa de Sagunto para que el mar nos terminara de inspirar.

Al final de la mañana, cuando nos dirigíamos a comer, vimos sobre la arena de la playa un enorme castillo de arena que unos jóvenes habían estado construyendo. Al salir de la comida, el viento había conseguido arrasar la construcción entera. No quedaba más huella que un pequeño y deforme montículo de arena.

Este fin de semana se celebran en España elecciones Autonómicas y Municipales. Los candidatos han tratado de convencer de la bondad de sus propuestas. Pero me temo que poca huella han dejado.

En 1821 llegó al Museo Británico de Londres una colosal estatua del faraón egipcio Ramsés II, conocido como Ozymandias. Napoleón había pujado por ella pero fueron al final los británicos los que la consiguieron. Aquellas pugnas hicieron famoso el asunto. Tanto que el poeta Shelley, le dedicó uno de sus poemas:

Conocí a un viajero de una tierra antigua
que dijo: «Dos enormes piernas pétreas, sin su tronco
se yerguen en el desierto. A su lado, en la arena,
semihundido, yace un rostro hecho pedazos, cuyo ceño
y mueca en la boca, y desdén de frío dominio,
cuentan que su escultor comprendió bien esas pasiones
las cuales aún sobreviven, grabadas en estos inertes objetos,
a las manos que las tallaron y al corazón que las alimentó.

Y en el pedestal se leen estas palabras:
"Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:
¡Contemplad mis obras, poderosos, y desesperad!"

Nada queda a su lado. Alrededor de la decadencia
de estas colosales ruinas, infinitas y desnudas
se extienden, a lo lejos, las solitarias y llanas arenas»

Y es que, nuestros políticos muchas veces se limitan a imitar a Ozymandias, que decía: “si alguien quiere saber cuán grande soy, que supere una de mis obras”. Sin darse cuenta que todos los líderes de todos los imperios acaban cayendo.  Las obras que a los hombres nos importan no son ni las carreteras, ni los aeropuertos, ni las grandes infraestructuras; por más que a ellos les encante inaugurarlas. Las obras que a nosotros nos importan son las que se graban en el corazón. Esas son las que duran de verdad, para siempre.

Quizá es que nuestros políticos sólo saben liderar con el cemento, y no con el corazón… Así les va. ¿Con qué lideras tú? ¿Dónde dejarás tu huella en este mundo? ¿En arenas que el viento arrastrará o el corazón de los que se crucen por tu camino?.

viernes, 15 de mayo de 2015

Jesualdo

Conocí a Jesualdo Martínez Ródenas en 2008. Coincidimos como alumnos en un Curso de Verano. Desde el primer momento me llamó la atención su excelente educación (siempre con un por favor y un gracias en la boca) y con el tiempo, su humildad (aunque hubo oportunidad, nunca conocí todos sus espectaculares méritos académicos y profesionales). Nos caímos bien.

Sevilla nos permitió encontrarnos unas cuantas veces más y compartir ideas, pensamientos y experiencias. La última vez que le vi, a principios de este año, desayunamos juntos en la T4 de Barajas. Yo hacía escala hacia Sevilla y él hacia Toulouse. Apenas 45 minutos en los que hablamos de lo importante: de la cuenta de resultados del corazón (de la familia, de los amigos…).

El  pasado sábado, a medio día,  me llamó un amigo común. Un A400M se acababa de estrellar en Sevilla. Me dijo: “Es posible que Jesualdo fuera a bordo”. Le mandé un guasap: “Jesualdo, please, dime que estás bien”. No recibí respuesta. Supuse que estaría con los suyos, con su familia. Lo que más le importaba en este mundo.

Recuerdo que de crío, me encantaba que en los fuegos de campamento me contaran esta historia de miedo:

Una joven quedó una noche con dos amigas para que fueran a su casa a dormir. Su abuela, que estaba muy mayor, se encontró mal y sus padres la llevaron al hospital, quedándose las niñas solas en el enorme palacio en el que vivían.  Una descomunal tormenta se levantó tras la cena. Asustadas, se acostaron en un dormitorio con tres camas. Era tal el miedo que tenían, que decidieron darse las manos de una cama a otra para poder pasar mejor la noche.

A la mañana siguiente,  cuando los padres volvieron con la abuela, que ya se había recuperado, la hija les contó el miedo que habían pasado y cómo se habían dado las manos para tranquilizarse. La madre sonrió y les dijo que eso era imposible, que el espacio entre las camas era muy grande y que no les llegarían los brazos. Las muchachas, incrédulas, le llevaron a la habitación para demostrarle cómo habían estado cogidas de la mano, y se dieron cuenta que les faltaba más de medio metro para poder tocarse. La abuela comentó entonces:

Quizá alguien más buscaba anoche consuelo. No sólo los vivos pasan miedo.

Y algo así me ha pasado esta semana. En cada uno de los 9 aviones que he volado, he sentido a Jesualdo a mi lado. Y quiero seguir sintiéndolo. Hemos “peleado” por el apoyabrazos. Y quiero seguir peleando. 

¡Amigo! Ya no te podemos ver, y mi guasap quedará para siempre sin respuesta. Pero no me cabe duda que en cada uno de los aviones que vuele estarás a mi lado.

¡Qué pedazo de avión tienen que estar haciendo en el Cielo para que se hayan tenido que llevar a los mejores!

viernes, 8 de mayo de 2015

No te acostumbres

El martes me recorrí casi toda Extremadura en coche. Una sesión en Plasencia, otra en Cáceres y otra en Zafra. Paré a poner gasolina y me crucé con un rebaño de ovejas. El ganado delante. El pastor atrás. La primera oveja se asusto al encontrarse con mi coche. Se detuvo en seco. El resto del rebaño, sin pensarlo -para algo son borregos-, se detuvo también. Ninguna oveja hizo otra cosa. Todas hacen lo que la primera hace. Se han acostumbrado a ello.

Cuentan que un hombre fue secuestrado por sus enemigos. Lo condujeron a una mazmorra y allí le ataron las manos. Dejaron a un guardián en la puerta para evitar que escapara. Al principio, desesperado, intentó romper sus ataduras. Cuando se convenció de lo inútil de sus esfuerzos, poco a poco se fue acostumbrando.

Consiguió ir valiéndose con las manos atadas. Aprendió a soltarse los zapatos, a encenderse un cigarrillo, a comer, a vestirse... y se fue olvidando que alguna vez tuvo las manos libres.

En paralelo fue entablando una cierta amistad con su carcelero. Este le leía cada mañana las noticias que ocurrían en el mundo de "los hombres de las manos libres". Todo eran crímenes, injusticias y dolor.

Al final el preso empezó a pensar que era mejor vivir con las manos atadas.

Muchos años después sus amigos lo encontraron y fue liberado. Pero era demasiado tarde: tenía las manos atrofiadas.

No podemos acostumbrarnos a vivir limitados. Jamás. Nuestra responsabilidad es dar la mejor versión de nosotros mismos. Y en eso no nos podemos rendir. Da la sensación de que nuestra sociedad ha cambiado el bienestar y la comodidad por vivir atados, convertidos en los borregos del rebaño que vi en Extremadura, sin querer destacar por encima de la media.

No es bueno atarse las manos para no hacer nada malo, si ello conlleva perder las alas que nos lleven a volar alto.

viernes, 24 de abril de 2015

Una madre lo es todo

El próximo fin de semana es el día de la madre. Como dice el vídeo, una madre lo es todo, todos los días. Así que no olvidemos decirles: "Gracias mamá, te quiero".

viernes, 17 de abril de 2015

Tú no eres él

Esta semana he estado trabajando en distintas compañías con distintos grupos (gente de ventas, médicos, directivos...) tratando de ayudarles a cohesionar un poco más sus equipos. Anoche en Marbella, cenando junto al mar, con uno de esos grupos estuvimos charlando sobre la importancia de formar a la gente -desde la escuela- en la empatía.

Ya Aristóteles decía que el ser humano es un ser político, es decir, social, porque siente la necesidad natural de rodearse de semejantes para realizarse mejor como persona. La empatía es esa capacidad de percibir lo que el otro individuo puede sentir. Y ejercitarla nos va a ayudar muchísimo en nuestras relaciones porque nos permitirá participar afectivamente de las realidades que a otros les afectan.

Cada uno de nosotros somos individuales, únicos, y aunque es bueno que nos pongamos en la piel de los demás, no podemos caer en el error de pensar que todos sentimos lo mismo, que todos somos iguales. Yo puedo empatizar con el sufrimiento de alguien, pero no tengo por qué sufrir con él. Son cosas distintas. No puedo pedirle que no sufra, como no-sufro yo. Tampoco él puede pedirme que yo sufra. Pero sí que entienda su sufrimiento.

Cuentan que San Benito, patrón de Europa y fundador de la vida monástica en occidente, viajaba a caballo por el centro de Italia cuando se detuvo para hablar con un campesino que, fatigado, caminaba penosamente.

- Eres afortunado al tener un caballo. Si yo hubiera dedicado mi vida a la oración, seguro que ahora no tendría que viajar a pie- le dijo con envidia el campesino.

- ¿Crees tú que podrías ser un hombre de oración?

- ¡Faltaría más! ¡¡Eso es sencillísimo!!

- Hagamos una apuesta - replicó el Santo- si eres capaz de recitar un Padrenuestro sin ninguna interrupción, te daré mi caballo.

- Facilísimo. Allá voy.

El campesino cruzó sus manos, cerró los ojos, inclinó la cabeza y comenzó a recitar la oración:

- Padre Nuestro que estás en el Cielo, santificado sea tu nombre, venga a nosotros...

Se detuvo, alzó la mirada y preguntó al monje:

-... y el caballo... ¿me lo dará con silla o sin silla?

Inmediatamente se dio cuenta que había perdido la apuesta. Pero ya era tarde.

Y es que muchas veces nos comparamos con los demás y pensamos que en su situación nosotros obraríamos mejor, sin tener en cuenta todos los condicionantes que nos individualizan. No podemos exigir a los demás que actúen como lo haríamos nosotros, porque somos distintos. En algún sitio leí alguna vez: "Antes de transmitir nuestra enseñanza a otro, debemos ir hacia él, entrar en su imaginación y en los dilemas a los que se enfrenta".

viernes, 10 de abril de 2015

¿... y te lo estás perdiendo?

Esta Semana Santa, como llevo haciendo desde hace unos cuantos años, he vuelto a pasarla en Sevilla con toda la familia -mis padres incluidos- al completo. El Viernes Santo a las 6 de la mañana estábamos en la esquina de Cardenal Espínola con la Plaza de San Lorenzo esperando a ver recogerse a Jesús del Gran Poder, "el Señor de Sevilla".

Ver al Gran Poder en la calle, y en ese momento, es algo impresionante. No sólo por la extraordinaria talla de Juan de Mesa, sino por un montón de cosas más que rodean ese instante: la imagen en sí misma, que parece que cobra vida con el paso que llevan los costaleros; la luz de la candelería que acompaña al paso; el color de las paredes de las casas de esa calle; el trinar de los pájaros que anidan en los plataneros de la Plaza; el incienso que nubla el espacio y que llena de aromas especiales el momento; la sombra que proyecta el Nazareno en las fachadas de los edificios...

Hace tiempo, mi amiga MariCarmen me contó que un hombre se sentó a tocar el violín en una estación del Metro de Washington. Durante 45 minutos interpretó seis obras de Bach. En ese tiempo aproximadamente mil personas pasaron por la estación. Sólo siete se detuvieron a escucharle (2 de ellas eran niños) y veinte personas le dieron algunas monedas, pero sin interrumpir su camino. En total el violinista recaudó 32 dólares. Cuando terminó de tocar se hizo el silencio. No hubo aplausos ni reconocimientos.

Nadie lo sabía pero ese violinista era Joshua Bell, uno de los mejores músicos del mundo, tocando obras de uno de los mejores compositores del mundo, con un violín fabricado por uno de los mejores lauderos del mundo. Dos días antes de la actuación en el Metro, Bell había llenado un teatro en Boston con entradas a más de 100 dólares.

En un ambiente banal, a una hora inconveniente ¿no somos capaces de percibir y apreciar la belleza?; ¿no somos capaces de reconocer el talento en un contexto inesperado? Si no tenemos un instante para detenernos a escuchar al mejor músico del mundo interpretar la mejor música del mundo, si sólo al paso del Gran Poder somos capaces de prestar atención a todas las cosas bellas que rodean ese instante ¿qué otras cosas nos estaremos perdiendo?

viernes, 27 de marzo de 2015

Otra de aviones

Nunca he tenido miedo a volar. Tomando cerca de 150 aviones al año sería un sufrimiento imposible de soportar. Aunque reconozco que el martes volando de Tenerife a Málaga pocas horas después del accidente del 4U9525 en los Alpes, me sentí extraño. Saber, después, que el copiloto fue el que decidió estrellar el avión contra las montañas, me puso los pelos de punta.

Conozco a unos cuantos pilotos de líneas aéreas. A alguno le he llamado esta semana para hablar del tema. Uno de ellos me contó que en los cursos de formación de pilotos se suele contar la historia de Malburn McBroom.

En Diciembre de 1978, McBroom pilotaba un DC8 de United Airlines desde Denver, CO hasta Portland, OR. En la maniobra de aproximación se dio cuenta que tenía problemas con el tren de aterrizaje. Pidió permiso a la torre para dar vueltas en torno a un punto de espera y ver si era capaz de solucionar el problema.

McBroom era conocido en la compañía por sus terribles ataques de ira, así que ni el copiloto ni el resto de la tripulación se atrevieron a sugerir ninguna alternativa. Giró y giró sobre el punto de espera hasta que agotó todo el combustible y tuvo que terminar realizando un penoso aterrizaje de emergencia en el que murieron 10 personas.

Por cosas como esta, o como la de Andreas Lubitz de Germanwings, la preparación y selección de los pilotos no sólo atiende a su competencia técnica, sino que presta atención especial a sus competencias de escucha, de autocrítica, de colaboración, de comunicación, de trabajo en equipo...

Y es que, y no sólo en la aviación, el prototipo del jefe agresivo y belicoso está poco a poco dejando paso a otro perfil mucho más moderado e inteligente, experto en relaciones interpersonales. Si no somos capaces de controlar nuestro carácter, caeremos constantemente en antipatías a nuestro alrededor y careceremos de la empatía suficiente como para captar lo que la gente que nos rodea necesita, y eso mermará indudablemente nuestra valía no sólo profesional sino también personal.

En nuestra vida nos encontramos muchas veces con personas atemorizadas, jefes tiranos, deficiencias emocionales... que pueden tener múltiples consecuencias, evidentemente no tan trágicas como la del avión, pero si destructivas para la vida de un equipo, de una empresa, de una pareja, de una familia...