viernes, 27 de marzo de 2015

Otra de aviones

Nunca he tenido miedo a volar. Tomando cerca de 150 aviones al año sería un sufrimiento imposible de soportar. Aunque reconozco que el martes volando de Tenerife a Málaga pocas horas después del accidente del 4U9525 en los Alpes, me sentí extraño. Saber, después, que el copiloto fue el que decidió estrellar el avión contra las montañas, me puso los pelos de punta.

Conozco a unos cuantos pilotos de líneas aéreas. A alguno le he llamado esta semana para hablar del tema. Uno de ellos me contó que en los cursos de formación de pilotos se suele contar la historia de Malburn McBroom.

En Diciembre de 1978, McBroom pilotaba un DC8 de United Airlines desde Denver, CO hasta Portland, OR. En la maniobra de aproximación se dio cuenta que tenía problemas con el tren de aterrizaje. Pidió permiso a la torre para dar vueltas en torno a un punto de espera y ver si era capaz de solucionar el problema.

McBroom era conocido en la compañía por sus terribles ataques de ira, así que ni el copiloto ni el resto de la tripulación se atrevieron a sugerir ninguna alternativa. Giró y giró sobre el punto de espera hasta que agotó todo el combustible y tuvo que terminar realizando un penoso aterrizaje de emergencia en el que murieron 10 personas.

Por cosas como esta, o como la de Andreas Lubitz de Germanwings, la preparación y selección de los pilotos no sólo atiende a su competencia técnica, sino que presta atención especial a sus competencias de escucha, de autocrítica, de colaboración, de comunicación, de trabajo en equipo...

Y es que, y no sólo en la aviación, el prototipo del jefe agresivo y belicoso está poco a poco dejando paso a otro perfil mucho más moderado e inteligente, experto en relaciones interpersonales. Si no somos capaces de controlar nuestro carácter, caeremos constantemente en antipatías a nuestro alrededor y careceremos de la empatía suficiente como para captar lo que la gente que nos rodea necesita, y eso mermará indudablemente nuestra valía no sólo profesional sino también personal.

En nuestra vida nos encontramos muchas veces con personas atemorizadas, jefes tiranos, deficiencias emocionales... que pueden tener múltiples consecuencias, evidentemente no tan trágicas como la del avión, pero si destructivas para la vida de un equipo, de una empresa, de una pareja, de una familia...

viernes, 20 de marzo de 2015

La fábrica de guitarras

La semana pasada tuve un par de sesiones en Granada. Me quedé a dormir en Carmen del Cobertizo, un magnífico hotel, de mi amiga Lorena, ubicado en pleno corazón del Albayzín. Cuando, de noche, volvía hacia el hotel, al comienzo de la Carrera del Darro se puso a mi lado un joven que cantaba y tocaba la guitarra a cambio de algunas monedas:

- Dame algo, anda, para hacerme una guitarra nueva.

La verdad es que la guitarra sonaba horrible. O estaba rota, o desafinada o todo a la vez. Me cayó simpático el músico. Le di una moneda que tenía en el bolsillo y le dije:

- No tardes en comprar la nueva. Con ese trasto poco dinero te darán.

- Yo me cagüen en las fábricas de guitarras -contestó-. A mí me gusta fabricármelas yo. Las fábricas fabrican lo que quieren. Yo fabrico lo que quiero yo.

Estaba claro que el joven andaba algo perdido. No sabía construir guitarras, pero prefería una chapuza a aceptar lo que alguien habría hecho bien, aunque no fuera propio.

Muchas veces tomamos decisiones que nos destrozan la vida. Decidimos salirnos del camino trazado ¡Y luego echamos la culpa a otros de nuestro penar!. Construir nuestra guitarra sin saber hacerlo no tiene sentido. Nuestro camino es como la guitarra de una tienda. Sólo hay que seguirlo. Sólo hay que llevársela. Ya está hecha. Nos hará feliz tocándola. Y además, suena mejor.

Pero si decides salirte, al menos, no culpes a los demás.

viernes, 13 de marzo de 2015

¿Estás en un iceberg?

Toda la semana fuera de casa con un montón de conferencias en Cataluña, Granada y Murcia. Aprovecho para cenar con un buen amigo y a los postres reflexionamos despacio sobre la felicidad y las bases que hay en nosotros para sustentar el que podamos alcanzarla.

En mi vuelo a Granada el avión ha sobrevolado Sierra Nevada antes de lanzarse hacia la pista del aeródromo de Chauchina. La Sierra estaba majestuosa, pintada de blanco. Me ha llamado la atención un gran nevero aislado que quedaba en una de las montañas. Daba la sensación, desde la altura, que en cualquier momento podría desprenderse ladera abajo. Y me he acordado al hilo de nuestra cena, de esta historia:

Por un paisaje helado se desliza un trineo a toda velocidad. Su único ocupante y su decena de perros viajan hacia el Polo Norte. Su rostro denota el frío y el ansia por alcanzar el objetivo. No permite a sus perros ni un descanso ni un respiro. Nada le distrae. Todo es querer llegar a la meta. En ello centra todas sus energías y sus esperanzas. Es el sentido final de su viaje.

De vez en cuando, el viajero se incorpora un poco en el trineo para con la brújula comprobar que la dirección es la correcta. De pronto algo le sorprende. Los instrumentos le indican que la ruta es la adecuada, pero también que cada vez la distancia al Polo Norte es mayor. Mira una y otra vez la brújula, los relojes y el GPS y no hay duda, algo está pasando. Castiga con fuerza a sus perros para que empujen con más velocidad en medio de la ventisca, pero todo sigue igual. El rumbo es el adecuado, pero la distancia hacia el Polo sigue aumentando. Se desespera.

¿Qué le ocurre?. Si tomáramos distancia, veríamos que el paisaje en el que se está moviendo es efectivamente polar, pero se trata sólo de un inmenso iceberg, arrancado del casquete polar, que se desplaza vertiginosamente hacia el sur, a más velocidad que el trineo de nuestro viajero.

La meta y los ideales eran nobles, su esfuerzo admirable, pero la base sobre la que sustentaba su búsqueda de la felicidad era errónea y le conducía fatalmente al fracaso. Y es que si nos empeñamos en buscar la felicidad en nuestro interior, no la hallaremos jamás. Correremos y correremos sin alcanzar nuestra meta. Cuando aprendamos que la felicidad está en darnos a los demás, en entregarnos a otros, en hacer que los que nos rodean saquen su mejor versión, entonces nuestro trineo llegará rápido a su destino.

viernes, 6 de marzo de 2015

Cuando el mundo gira enamorado

Cuando el mundo gira enamorado: Semblanza de Viktor Frankl. Rafael de los Ríos. Rialp. 2002.

Viktor Frankl fue uno de los más importantes psiquiatras del siglo XX. Por su origen judío, fue deportado durante el III Reich al campo de concentración de Auschwitz (entre otros). Allí, en el peor ambiente que uno pueda imaginar, dio idea a su teoría psicológica de fama mundial: la logoterapia, que él mismo se aplicó para poder sobrevivir y que luego aplicó a otros para salvarles del suicidio, la desesperanza y el sufrimiento.

Su pensamiento, que se recoge en su libro "El hombre en busca de sentido" ha ayudado a muchos a centrar sus vidas: todos necesitamos un sentido último por el que vivir, que perdura incluso en las circunstancias -como las suyas- más adversas.

En este libro, se nos presentan de forma amena y novelada los principales elementos del pensamiento de Frankl. Destacan especialmente un puñado de páginas en las que se narra el discurso que Viktor pronunció a modo de conferencia, en el campo de Auschwitz, a sus compañeros de barracón en el que establece los valores que dan sentido a la vida. Distingue los valores creativos, los vivenciales y los de actitud.

Nuestra sociedad, rica y acomodada, acostumbra a caer con frecuencia en la desesperación al no esperar mucho más de la vida. Estas páginas nos ayudarán a descubrir lo que aún podemos dar de más y con ello contribuir a construir un mundo mejor. En definitiva, nos ayudaran a descubrir cuál es el sentido último de nuestra propia vida.

viernes, 27 de febrero de 2015

Pegar con oro

El sábado, mi hija Inés, que está empezando a dar sus primeros pasos, rompió, sin querer, un viejo incensario que compré en Sevilla hace muchos años. Se trataba de una reproducción en arcilla de una de las chimeneas de la Cartuja de la capital hispalense. No creo que cueste más de 10 euros comprar uno nuevo; aunque este, tenía un cierto valor sentimental. Esta noche trataré de arreglarlo.

Me he pasado la semana entera en Barcelona, y una de las tardes, paseando hacia el barrio Gótico, cerca de Vía Laietana, encontré una vieja tienda de cerámica regentada por una japonesa. Se me ocurrió entrar a ver si ella podía ofrecerme algún material con el que restaurar el incensario. Y me contó esta historia:

A un emperador japonés, una tarde se le rompió su cuenco de té favorito. Decidió enviarlo de vuelta a China, donde se había fabricado, con la esperanza de que los artesanos lo repararan. Cuando le fue devuelto quedó muy decepcionado del trabajo de estos. Habían unido las piezas con láminas de metal y no sólo quedaba feo, sino que además, el té se filtraba por las grietas.

Llevó entonces el cuenco a los artesanos de su palacio, y estos decidieron fijar las piezas con barniz y con partículas de oro. Y así nació una técnica de reparación oriental que se llama Kintsugi. Los objetos reparados con esta técnica incrementan brutalmente su valor, ya que se convierten en auténticas joyas. La prueba de la fragilidad de estos objetos y de su capacidad de recuperarse son lo que los hace bellos.

En nuestras relaciones humanas (profesionales, de pareja...) a veces hacemos daño, o nos hacen daño. Y es necesario perdonar. Quizá la sociedad en la que vivimos nos lleva a exhibir siempre lo bonito, ocultando las heridas, maquillándolas. Sin embargo, además de perdonar, puede ser buena estrategia no ocultar la fragilidad ni la imperfección y reparar esas heridas con el oro del amor, de la fortaleza, del servicio o de la virtud. Y esa relación, seguro, se volverá más fuerte y hermosa.

viernes, 20 de febrero de 2015

¿Aportas o remas?

Entre otras sesiones, esta semana, he participado en la convención de un equipo de ventas de una importante compañía. En la comida que siguió a mi intervención, el director me contaba que por la tarde, que se iban a dedicar a "asuntos internos", iba a presentar un ambicioso plan de cambios y mejoras en la manera de trabajar de su equipo. Se sentía inseguro y con miedo de que la gente optara por la "crítica destructiva" y que la cosa no saliera bien.

La causalidad quiso que en ese momento en la televisión que había en el restaurante, aparecieran unas imágenes de unos helicópteros de la Guardia Civil llevando alimentos y medicinas a los habitantes de algunos pueblos del norte que llevaban días aislados por la nieve del último temporal. Y entonces me acordé de está historia que me contó mi amigo Julio:

Olaf era un experto capitán de barco vikingo que tenía como misión fundamental aprovisionar de víveres una pequeña ciudad antes de que el crudo invierno la aislara. La zona quedaba incomunicada por tierra y por mar durante meses y por tanto ese viaje del otoño era el más importante de la temporada. Aquel año, el viaje se había convertido en toda una aventura, porque el milenario puerto de Nervik, donde solía aprovisionarse, había sido arrasado por el ejército enemigo.

Debía utilizar por tanto la ruta de Reyka, poblado situado a varias jornadas de difícil navegación, remontando el largo fiordo de Nork en medio de fuertes corrientes de aguas turbulentas plagadas de innumerables rocas sumergidas y de traicioneros remolinos. En definitiva, una travesía peligrosa. Olaf sabía que sólo con grandes dosis de pericia y atrevimiento conseguirían el objetivo, que era fundamental para la supervivencia del pueblo.

Al acercarse a la entrada del fiordo, el capitán comunicó las instrucciones a la tripulación:

- Nos aproximamos a la parte más difícil de nuestra travesía. Entraremos cerca de las rocas de la orilla norte. Milla y media más adelante viraremos hacia el centro del fiordo para evitar las corrientes laterales. Allí el vigía nos avisará de remolinos y de rocas. Venceremos la fuerza de la corriente adversa empleando toda nuestra fuerza, para alcanzar el delta desde donde conseguiremos una navegación más sencilla.

Al oír aquello, Erick, uno de los marineros más experimentados, se levantó y dijo:

- Capitán, no estoy de acuerdo con el plan. Todos sabemos que ahí dentro hay muchas rocas, que los remolinos no siempre se ven a tiempo, que en el tramo final la corriente es muy fuerte, tanto que ni todos los remeros y el viento a favor podrían garantizarnos el éxito. El barco tiene muchos años y el mástil no aguantará tanta presión.

La primera reacción de Olaf fue ponerse nervioso ante la crítica. Estuvo tentado de sacar el látigo e imponer su criterio por la fuerza, pero Erick era uno de sus mejores hombres y seguramente lo que había dicho lo pensaban muchos otros. No tenía claro que su idea fuera la mejor, así que cualquier solución sería bienvenida, pero el barco, debía llegar a su destino lo antes posible, antes de que las condiciones atmosféricas empeorasen. Controló su ímpetu y dijo:

- Conozco a lo que nos enfrentamos, y reconozco que mi plan puede fallar. Asumiré mi responsabilidad si algo saliera mal. Pero aún así, Erick, estoy dispuesto a escucharte ¿tienes una alternativa mejor para nuestro destino?

El marinero se quedó pensativo. Hasta ahora sólo había expuesto problemas e inconvenientes. Y dijo:

- Me gustaría dejar claro, Olaf, que si tuviera un plan no me atrevo a responsabilizarme de tomar una decisión tan comprometida

- No te preocupes por eso, Erick, la decisión final será mía y yo asumiré por tanto la responsabilidad. Sólo te pido que ya que has planteado dudas, y tienes ganas de ayudar, nos propongas una solución. Ver los fallos en la idea de otros es fácil, pero aportar valor supone dar alternativas inteligentes.

Erick guardó silencio durante unos segundos. Luego dijo:

- Realmente no se me ocurre ninguna otra ruta sin riesgos. De hecho, confieso que no conozco bien estas aguas, así que no se acometer la travesía de forma más segura.

- Amigo Erick -respondió Olaf- en ese caso, sigue buscando soluciones y si descubres alguna no dudes, ni tardes en aportarla, pero mientras tanto... ¡calla y rema con todas tus fuerzas!


Es cierto que el capitán del barco puede provocar un naufragio si no escucha. Es cierto que la tripulación debe aportar alternativas junto a la crítica. Pero mientras tanto, hay que seguir remando. ¡Fuerte!.

viernes, 13 de febrero de 2015

No grites

Esta semana empezó un poco torcida. El lunes, el vuelo de Pamplona a Madrid de las 6.30AM no salió. La noche anterior, quizá por mal tiempo, no había aterrizado, y hasta las 10 de la mañana no llegó otro aparato a realizar la ruta. Las explicaciones en un primer momento no fueron totalmente claras y cuando yo decidí olvidarme del avión y bajar a Zaragoza a coger un AVE, algunos pasajeros -quizá con algo de razón- estaban empezando a perder la calma y gritaban al personal de tierra exigiendo una explicación.

Un maestro preguntó a sus alumnos:

- ¿Por qué la gente grita cuando está enfadada?

- Porque perdemos la calma- contestó uno.

- Pero, ¿por qué gritar si la otra persona sigue a nuestro lado? ¿No es posible decir lo mismo sin gritar?

Los alumnos no acertaron del todo en sus respuestas y el maestro les explicó: Cuando dos personas se enfadan, sus corazones se alejan mucho y para cubrir esa distancia, es necesario gritar. Cuanto más enfadados estén, más separados se hallarán, y más necesario será gritar.


Y termina la semana en víspera de San Valentín, el día de los enamorados.

El mismo maestro preguntó a sus alumnos:

- ¿Cómo hablan dos personas que se han enamorado?

- No se gritan, maestro -contestó un alumno- se hablan suavemente, porque sus corazones están muy cerca. Incluso en determinados momentos sólo se susurran, o incluso ni eso, tan sólo se miran. Porque sus corazones están realmente unidos.

Así que cuando alguna vez nos enfademos, porque seguro que nos enfadaremos, no permitamos que las palabras alejen más nuestros corazones. No vaya a ser que se alejen tanto tanto que luego no encuentren el camino de vuelta.