viernes, 27 de febrero de 2015

Pegar con oro

El sábado, mi hija Inés, que está empezando a dar sus primeros pasos, rompió, sin querer, un viejo incensario que compré en Sevilla hace muchos años. Se trataba de una reproducción en arcilla de una de las chimeneas de la Cartuja de la capital hispalense. No creo que cueste más de 10 euros comprar uno nuevo; aunque este, tenía un cierto valor sentimental. Esta noche trataré de arreglarlo.

Me he pasado la semana entera en Barcelona, y una de las tardes, paseando hacia el barrio Gótico, cerca de Vía Laietana, encontré una vieja tienda de cerámica regentada por una japonesa. Se me ocurrió entrar a ver si ella podía ofrecerme algún material con el que restaurar el incensario. Y me contó esta historia:

A un emperador japonés, una tarde se le rompió su cuenco de té favorito. Decidió enviarlo de vuelta a China, donde se había fabricado, con la esperanza de que los artesanos lo repararan. Cuando le fue devuelto quedó muy decepcionado del trabajo de estos. Habían unido las piezas con láminas de metal y no sólo quedaba feo, sino que además, el té se filtraba por las grietas.

Llevó entonces el cuenco a los artesanos de su palacio, y estos decidieron fijar las piezas con barniz y con partículas de oro. Y así nació una técnica de reparación oriental que se llama Kintsugi. Los objetos reparados con esta técnica incrementan brutalmente su valor, ya que se convierten en auténticas joyas. La prueba de la fragilidad de estos objetos y de su capacidad de recuperarse son lo que los hace bellos.

En nuestras relaciones humanas (profesionales, de pareja...) a veces hacemos daño, o nos hacen daño. Y es necesario perdonar. Quizá la sociedad en la que vivimos nos lleva a exhibir siempre lo bonito, ocultando las heridas, maquillándolas. Sin embargo, además de perdonar, puede ser buena estrategia no ocultar la fragilidad ni la imperfección y reparar esas heridas con el oro del amor, de la fortaleza, del servicio o de la virtud. Y esa relación, seguro, se volverá más fuerte y hermosa.

viernes, 20 de febrero de 2015

¿Aportas o remas?

Entre otras sesiones, esta semana, he participado en la convención de un equipo de ventas de una importante compañía. En la comida que siguió a mi intervención, el director me contaba que por la tarde, que se iban a dedicar a "asuntos internos", iba a presentar un ambicioso plan de cambios y mejoras en la manera de trabajar de su equipo. Se sentía inseguro y con miedo de que la gente optara por la "crítica destructiva" y que la cosa no saliera bien.

La causalidad quiso que en ese momento en la televisión que había en el restaurante, aparecieran unas imágenes de unos helicópteros de la Guardia Civil llevando alimentos y medicinas a los habitantes de algunos pueblos del norte que llevaban días aislados por la nieve del último temporal. Y entonces me acordé de está historia que me contó mi amigo Julio:

Olaf era un experto capitán de barco vikingo que tenía como misión fundamental aprovisionar de víveres una pequeña ciudad antes de que el crudo invierno la aislara. La zona quedaba incomunicada por tierra y por mar durante meses y por tanto ese viaje del otoño era el más importante de la temporada. Aquel año, el viaje se había convertido en toda una aventura, porque el milenario puerto de Nervik, donde solía aprovisionarse, había sido arrasado por el ejército enemigo.

Debía utilizar por tanto la ruta de Reyka, poblado situado a varias jornadas de difícil navegación, remontando el largo fiordo de Nork en medio de fuertes corrientes de aguas turbulentas plagadas de innumerables rocas sumergidas y de traicioneros remolinos. En definitiva, una travesía peligrosa. Olaf sabía que sólo con grandes dosis de pericia y atrevimiento conseguirían el objetivo, que era fundamental para la supervivencia del pueblo.

Al acercarse a la entrada del fiordo, el capitán comunicó las instrucciones a la tripulación:

- Nos aproximamos a la parte más difícil de nuestra travesía. Entraremos cerca de las rocas de la orilla norte. Milla y media más adelante viraremos hacia el centro del fiordo para evitar las corrientes laterales. Allí el vigía nos avisará de remolinos y de rocas. Venceremos la fuerza de la corriente adversa empleando toda nuestra fuerza, para alcanzar el delta desde donde conseguiremos una navegación más sencilla.

Al oír aquello, Erick, uno de los marineros más experimentados, se levantó y dijo:

- Capitán, no estoy de acuerdo con el plan. Todos sabemos que ahí dentro hay muchas rocas, que los remolinos no siempre se ven a tiempo, que en el tramo final la corriente es muy fuerte, tanto que ni todos los remeros y el viento a favor podrían garantizarnos el éxito. El barco tiene muchos años y el mástil no aguantará tanta presión.

La primera reacción de Olaf fue ponerse nervioso ante la crítica. Estuvo tentado de sacar el látigo e imponer su criterio por la fuerza, pero Erick era uno de sus mejores hombres y seguramente lo que había dicho lo pensaban muchos otros. No tenía claro que su idea fuera la mejor, así que cualquier solución sería bienvenida, pero el barco, debía llegar a su destino lo antes posible, antes de que las condiciones atmosféricas empeorasen. Controló su ímpetu y dijo:

- Conozco a lo que nos enfrentamos, y reconozco que mi plan puede fallar. Asumiré mi responsabilidad si algo saliera mal. Pero aún así, Erick, estoy dispuesto a escucharte ¿tienes una alternativa mejor para nuestro destino?

El marinero se quedó pensativo. Hasta ahora sólo había expuesto problemas e inconvenientes. Y dijo:

- Me gustaría dejar claro, Olaf, que si tuviera un plan no me atrevo a responsabilizarme de tomar una decisión tan comprometida

- No te preocupes por eso, Erick, la decisión final será mía y yo asumiré por tanto la responsabilidad. Sólo te pido que ya que has planteado dudas, y tienes ganas de ayudar, nos propongas una solución. Ver los fallos en la idea de otros es fácil, pero aportar valor supone dar alternativas inteligentes.

Erick guardó silencio durante unos segundos. Luego dijo:

- Realmente no se me ocurre ninguna otra ruta sin riesgos. De hecho, confieso que no conozco bien estas aguas, así que no se acometer la travesía de forma más segura.

- Amigo Erick -respondió Olaf- en ese caso, sigue buscando soluciones y si descubres alguna no dudes, ni tardes en aportarla, pero mientras tanto... ¡calla y rema con todas tus fuerzas!


Es cierto que el capitán del barco puede provocar un naufragio si no escucha. Es cierto que la tripulación debe aportar alternativas junto a la crítica. Pero mientras tanto, hay que seguir remando. ¡Fuerte!.

viernes, 13 de febrero de 2015

No grites

Esta semana empezó un poco torcida. El lunes, el vuelo de Pamplona a Madrid de las 6.30AM no salió. La noche anterior, quizá por mal tiempo, no había aterrizado, y hasta las 10 de la mañana no llegó otro aparato a realizar la ruta. Las explicaciones en un primer momento no fueron totalmente claras y cuando yo decidí olvidarme del avión y bajar a Zaragoza a coger un AVE, algunos pasajeros -quizá con algo de razón- estaban empezando a perder la calma y gritaban al personal de tierra exigiendo una explicación.

Un maestro preguntó a sus alumnos:

- ¿Por qué la gente grita cuando está enfadada?

- Porque perdemos la calma- contestó uno.

- Pero, ¿por qué gritar si la otra persona sigue a nuestro lado? ¿No es posible decir lo mismo sin gritar?

Los alumnos no acertaron del todo en sus respuestas y el maestro les explicó: Cuando dos personas se enfadan, sus corazones se alejan mucho y para cubrir esa distancia, es necesario gritar. Cuanto más enfadados estén, más separados se hallarán, y más necesario será gritar.


Y termina la semana en víspera de San Valentín, el día de los enamorados.

El mismo maestro preguntó a sus alumnos:

- ¿Cómo hablan dos personas que se han enamorado?

- No se gritan, maestro -contestó un alumno- se hablan suavemente, porque sus corazones están muy cerca. Incluso en determinados momentos sólo se susurran, o incluso ni eso, tan sólo se miran. Porque sus corazones están realmente unidos.

Así que cuando alguna vez nos enfademos, porque seguro que nos enfadaremos, no permitamos que las palabras alejen más nuestros corazones. No vaya a ser que se alejen tanto tanto que luego no encuentren el camino de vuelta.

viernes, 6 de febrero de 2015

Comprométete

COMPROMÉTETE
Director: Alessandro D'Alatri
Intérpretes: Stefania Rocca, Fabio Volo, Gennaro Nunziante
País: Italia  Año: 2012
Duración: 121 min.

Tommaso y Stefania son dos jóvenes que se conocen, se enamoran y se casan. Pronto tienen un hijo y a partir de ahí comienzan a experimentar las arideces, rutinas y altibajos de la convivencia. El enrarecido ambiente en el que viven se ve avivado por las visitas e intromisiones de los familiares, los desafortunados comentarios de los amigos y por algunas otras tentaciones de muy diversa índole.

Un día, la vida les presenta un golpe inesperado, que les hará cambiar la percepción de las cosas y de su matrimonio. Y entonces, reflexionando, se darán cuenta que a pesar de los malos momentos, el amor que se profesan es mucho más fuerte.

Escenas dramáticas y dolorosas se entremezclan con otras llenas de dulzura y sentimiento. Amor, compromiso, tolerancia y respeto para dos seres que están hechos el uno para el otro.

(La película se puede encontrar en castellano, aunque el trailer sólo lo haya encontrado en italiano).

viernes, 30 de enero de 2015

Eres un puma

Locura de semana: Valencia, Bilbao, Alicante, Santander, Madrid, Pamplona y todavía me queda una sesión en Barcelona mañana sábado. El jueves, en Pamplona, estuve trabajando con un centenar de alumnos de Bachillerato de un colegio para orientarles un poco en su carrera académica y profesional. Eran chicos brillantes, curiosos, muy válidos, educados y bien formados. Querían comerse el mundo, llegar lejos, dejar huella.

Hace años, un señor muy creyente pedía a Dios una luz que le iluminara el camino a seguir. Un día, paseando por el bosque vio a un cervatillo tumbado en el suelo, herido con una pierna medio rota. Se quedó mirándolo detrás de un árbol y de pronto apareció un puma. El hombre se quedó helado. Imaginó al puma comiéndose al cervatillo de un bocado, y después, no satisfecho, comiéndoselo a él mismo.

El puma se acercó al cervatillo, pero en vez de comérselo, comenzó a lamerle las heridas. Acercó algunas hojas y ramas húmedas para darle de beber y de comer.

El hombre, sorprendido, volvió a su casa. Cuando al día siguiente regresó al bosque, encontró al cervatillo aún tumbado y al puma junto a él, cuidándolo. El hombre se dijo: esta es la señal clara que yo estoy buscando. "Dios se ocupa de proveerte de lo que necesitas para vivir, y por tanto lo que hay que evitar es ser ansioso y desesperarse corriendo detrás de las cosas". Así que volvió a su casa y se quedó esperando para que alguien le trajera de comer y de beber.

Pasaron horas, días... una semana. Pero nadie le daba nada. Ponía cara de cervatillo herido, pero nadie le ayudaba. A los ocho días, un anciano se paró junto a él, y el hombre le dijo:

- Dios me engañó. Me envió una señal equivocada. ¿Por qué lo hizo? - Y le contó lo que había visto en el bosque.

El sabio le respondió:

- Dios no manda señales en vano. ¿Qué haces tú, que eres un puma fuerte y bravo para luchar, comparándote con un cervatillo? Tu misión es buscar algún cervatillo a quien ayudar, encontrar a alguien que no pueda valerse por sus medios.

Y es que cuando diseñamos nuestra vida, no debemos pensar tanto en cómo nos tratan los demás, sino en cómo vamos a utilizar nuestras cualidades y capacidades para ayudar a los que nos rodean. Para hacerles la vida mejor.

viernes, 23 de enero de 2015

Nadie triunfa solo

Una de las ventajas de trabajar "por libre" es que puedes disponer de tu tiempo a tu antojo. Esta semana en Madrid, quedé con un amigo, que sabe mucho de arte, con el voy visitando poco a poco el Museo del Prado. La entrada es gratuita las dos últimas horas de la tarde (de 17.00 a 19.00), y como la Colección es inabarcable, aunque pasáramos dentro del museo varios días, uno puede ir viendo cosas "de hora en hora". Esta semana vimos varias obras del alemán Alberto Durero, y me acordé de su célebre "Manos que oran" que se exhibe en el Museo Albertina de Viena.

Cuentan que Alberto era uno de los dieciocho hermanos de una familia. Su padre trabajaba, un montón de horas diarias, en una mina de oro cerca de Nuremberg para sacar adelante a la familia. Alberto y otro de sus hermanos pronto destacaron por sus capacidades artísticas, pero ambos sabían que su familia no podía costear los estudios de ninguno.

Siendo ya jovencitos, un domingo, al salir de la Iglesia decidieron echar una moneda al aire a ver a cual de los dos le tocaba la suerte. El afortunado iría a Nuremberg a estudiar arte, y el otro a trabajar en las minas para costearle los gastos. Cuando el primero acabara sus estudios, con el dinero que ganara como artista, le pagaría al otro para que estudiara. La suerte cayó sobre Alberto, que destacó muy pronto en su academia y sus obras, casi antes de terminar los estudios, se vendían ya a buen precio.

Tras los cuatro años de preparación, Alberto volvió a casa, y la fiesta de recibimiento familiar, brindó por su hermano diciendo:

- Tú me has pagado a mí, así que ahora ve tú a la Academia, que yo me hago cargo de tus gastos.

- No -respondió el hermano- Mira mis manos. Cuatro años de duro trabajo en la mina me las han deformado. Ya no sirven para el arte. Apenas podría coger la pluma o el pincel entre mis dedos. Es tarde para mí.

Dicen que Alberto, dibujó en ese cuadro, las manos maltratadas de su hermano, con las palmas unidas y los dedos apuntando al cielo. Y es que nunca nadie triunfa solo.

Por eso, como dicen en el monte, si quieres ir rápido, camino solo; pero si quieres llegar lejos, ve acompañado. ¿Tienes a tu lado a la mejor compañía? ¿Eres profundamente agradecido con ellos?

viernes, 16 de enero de 2015

Aprovecha hasta las piedras

Un montón de sesiones esta semana. El martes aproveché para cenar con un amigo que lo está pasando mal. Un fuerte revés profesional acabó afectando también a su vida personal. Pese a que objetivamente las cosas le van mal, me sorprendió encontrarle profundamente animado y esperanzado.

La actitud con la que afronta las piedras del camino es encomiable y me hizo recordar esta historia de una piedra, que el entrenador de fútbol Manuel Conde me contó hace un tiempo en Vigo:

La piedra:

- El distraído tropezó con ella
- El violento la utilizó como proyectil
- El emprendedor, construyó con ella
- El campesino, cansado, la utilizó como asiento
- Para los niños fue un juguete
- David mató a Goliat
- Miguel Angel extrajo de ella la más bella escultura

En todos estos casos la diferencia no estuvo en la piedra, ¡sino en el hombre!

Por eso, no hay piedra en el camino que no podamos aprovechar para ser mejores.